La calma. Un descanso del agotador sentir. Causado a raíz de la pereza de la energía consumida cuando todo es tempestad; del temblor de las manos al pronunciar su nombre en público. Sí, puede.
Pero una vez llega, con sus inagotables y ensordecedores silencios, con sus horas muertas, con su maleta vacía de cosas, llena de espacios y momentos. Cuando te das cuenta de lo llana que es la ciudad de Ginebra comparada con Madrid. Cuando incluso el temporal de la lluvia de ahí afuera no crea en ti conflicto alguno. Cuando estás cansado de no volar, como cuando duermes 12 horas y sigues muerto. Justo cuando ya no la necesitamos, la calma se vuelve en nuestra contra. Nos pega una ostia contra la penosidad de nuestra razón de existir y nos grita a la cara que amemos, que nunca dejemos de amar. Que nos tiremos por el puente de Jonction, que nademos a contracorriente. Pero entonces, ¿por qué creemos que deseamos con todas nuestras fuerzas la calma?
Porque estamos solos, y se nos olvida que lo estamos.
Y entonces, buscamos un momento para poder no pensar, para hacer descansar las voces de los monstruos. Pero justo ahí, cuando descubrimos lo solos que estamos en el centro del huracán donde reina el silencio, le chillamos al huracán que nos lleve con él. Que nos acompañe.
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| los patos durmientes - Lago Lemán photo credit: Car BV |
