Me escuecen las mejillas.
Ni siquiera puedo llorar en voz alta, me ahogo en esta ciudad del polvo.
Te imagino impasible, cómodo en la misma posición, algo alejado de donde estabas antes pero cómodo aún así.
Yo, sin embargo, me desgarro frente a ti porque no me ves. Pero es que nunca me has visto.
Soy humo.
Duro aproximadamente un minuto en tu vida, y tu te desarrollas en la totalidad de la mía.
Mi mente es un estercolero donde solo me vienen recuerdos de lo que ha dejado de ser. ¿Acaso fue?
Qué tortura, colega. Tantos instantes en los que me empeñé en estar a la altura, en crecer, en que me vieses, en ser vista; y sigo sin ser notable. Me duelen los pies de estar de puntillas.
Me doy tanta pereza que me duermo sólo de pensar en mí. A ver si viene un dinosaurio y me come.
Duele como cuando tragas agua salada y te arden los pulmones. Duele como saber que tú y yo nunca más follaremos en el mar, y nunca visitaremos Granada.
Brillando con highlighter.