Tu casa. Lo que era tu casa. Las paredes los muebles las
cosas. Y sin embargo, no era la casa. Lo que parecía pasajero acabo pasándose y
posándose sobre lo que ahora son telas de araña en la ventana. A través de las
que nadie se detuvo a mirar sin tiempo sin control sin pararse. A mirar. Para que.
Y aquí estamos rotos, los cristales rotos las copas rotas las almas. Diciéndonos
que todavía nos quedaba un rato. Convenciéndonos de que un ratito más nos
esperaba a la vuelta de la esquina, el martes noche o el domingo por la tarde. Y
sin embargo, otra vez nos tuvimos que ir. La casa no es, pero era la casa. Los trozos
después del destrozo, el desgarre. La parsimonia, las vueltas. Los días eternos
la gente eterna mis piernas eternas tu sin estar entre ellas. La decadencia. Todo
y nada, el todo por el todo, y ahora, la nada. El pensamiento en la mente en
blanco, las vueltas. La sangre que corre, más lento que el tiempo, el tiempo
parado. La ciudad parada. La casa parada, tranquila y en silencio. Como nunca. Se
podía palpar en el ambiente, coger entre los brazos, guardar entre las piernas
o en el pecho, masticar con fuerza. Y ahora el aire. Que respiro. Sigo respirando
y tú sigues respirando pero no del mismo aire. Solo hay aire. La nada. Mi pecho
encogido y mis ojos color luna. Luna menguante. Pequeña como yo, largas las
horas como largas mis piernas. Igual de vacío que esta copa. Igual de vacío que
la maleta, que la calle. Que la casa. La casa que fue. Se fue.