Mientras me hablaba, he desenterrado recuerdos que pensé ya no existían, y algunos ya no duelen. El árbol se desangró, pero la resina taponó la herida. Como quitarse una tirita. Escuece el pegamento tirando de la piel todavía magullada, arrancando el vello, y la cicatriz es un recuerdo en la piel.
Hoy por primera vez he dejado de echar de menos un poco para echar de menos otro poco. No sé cómo explicarlo, una falsa melancolía. He soñado con tus manos, con tus manos entre mis piernas. Con tus manos acariciándome el pecho, respetando siempre el idioma de mi piel. Y me ha parecido un recuerdo precioso. A veces, me da miedo olvidarme. Sobre todo olvidarme de los sitios donde estuve a gusto, donde no quise irme, donde me fui porque tenía y no quería. Me acuerdo de cuando me escapo y tú me buscas. Me gusta que me atrapes y me estrujes fuerte, notarte contra mi, impreso en mi espalda.
Hablan de la necesidad de dejar una huella para no morir. De dejar un recuerdo impertérrito, y ya van 5 las veces que en este texto lo menciono, pero qué agonía. Qué necesidad de que se acuerden de ti todo el rato. Ninguna. Solo que yo quiero recordarme siempre feliz, siempre donde quise estar. Por ejemplo, escribiendo de madrugada en estas teclas del asus que poca vida le queda ya.
Un suspiro en una noche del verano más extraño que tuve nunca hasta este día.
Un día previo a escaparme, un descanso para derramar el agua que me queda dentro.
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| Madrid llorando de risa. |

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