Hice de tu mente mi averno particular porque nunca entendí gran cosa.
Y cuando dejé de reprocharte, de estamparme contra la pared de mi habitación, por fin comprendí que hay personas que no están hechas para entenderse.
Nos hemos empeñado, con todas nuestras fuerzas; culpa mía y culpa tuya - poco importa en realidad - en que el otro fuera una proyección de lo deseado. Pero ninguno de los dos lo somos. Se ha desgastado con el calor, y ha llegado nuestro particular invierno.
No quiero que caigamos en la trampa de que en realidad no nos quisimos, porque claro que nos queremos. De hecho, me aventuro a pensar que es difícil que soportemos la ausencia del otro. El diagnóstico no es un corazón partío, sino más bien una lección de aprendizaje, una ingente cantidad de información a disposición del consumidor. Las hojas se caen de los árboles, se deslizan por su tronco y aterrizan suavemente para morir en el asfalto. Y esto es un poco lo que nos ha pasado a nosotros: florecimos, fuimos increíbles y bellos pero la certeza más obvia es la muerte. Una especie de caída dulce y acolchada sobre una realidad algo difícil de digerir, pero nunca insoportable.
Te he esperado en un banco sentada con la esperanza de que vinieses corriendo entre el gentío a plantarme un beso. Romántica.
Sin más, he optado por levantarme.
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| viaducto de Segovia, Madrid |

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