Mi corazón es pirata, y estas palabras, puñales.

jueves, 24 de enero de 2019

Parpadeo

La luz parpadea como queriendo augurar un peligro inminente. La costumbre hace que apenas me fije en si es un parpadeo distinto al que ya venía haciendo de un tiempo a esta parte. ¿Quiere avisarme de algo?

No culpo a la luz por no ser precisa sino a mi misma por no querer prestar atención a las señales. Y es que solo me vienen visiones de tu culo. De mi culo contra tu cuerpo. Bueno, de esas cosas, ya sabes.

A veces he intentado enterrarte sin éxito, en el fondo más fondo del subconsciente pero solo me lleno las manos de tierra, las uñas de tierra. Quiero decir, que pese a un esfuerzo racional de cumplir tus órdenes para no enamorarme de ti, caigo siempre en el espacio en blanco que nos separa, en el continente que me obliga a imaginarte. Y creo que, justamente por eso, me vienen imágenes de tu culo.

Dice el cielo de HK que voy a respirar polvo y que me acostumbre a la tos y a mi pecho encogido. Pero el cielo de HK no sabe que el no poder respirar no es la primera vez que me ocurre. Que en parte, me he acostumbrado a vivir sin aire.

Entiendo que no sea yo quien ocupe el pensamiento de una mente tan abarrotada como la tuya; ya que yo no suelo saber hacer frases elocuentes, no hablo de forma coherente, no he ido al último concierto de cierta música del este de Europa y tampoco sabría recomendarte un buen sitio de ramen en Madrid, ni siquiera en HK. Tampoco sé perrear aunque sí disfruto contoneándome en los sitios esos a los que tú odias acudir.

Pero, papá, sí que estoy orgullosa de una cosa: de que mi corazón no tiene sino buenas razones.

Y no todos pueden decir lo mismo ¿verdad?

Hong Kong desde Victoria Harbour

lunes, 7 de enero de 2019

Volver

Es la certeza de que algo no va a volver a ocurrir jamás lo que nos rompe. Nos aplaca contra el cristal del mundo real. Nos obliga a observar la vida desde el ángulo dónde más pequeños nos sentimos, obligados a mirar.

Destaparte la venda te libera de un peso, pero casi puedes tocar con los dedos el dolor.

Ya lo he explicado en anteriores ocasiones, la duda es la esperanza: el querer que ocurra, el imaginártelo nos mantiene en vela, nos mantiene vivos. Y perderla, escuece. 

Irónico, la tranquilidad de lo certero es sólo a cambio de un vacío en el pecho. Es igual de doloroso que de pacífico, claro. Porque el sinvivir se convierte en un placaje físico que únicamente nos demuestra que teníamos razón en dudar desde, más o menos, el principio. Razón que no queríamos poseer.

Pero lo que también es certero es el cambio. Y todos cambiamos y volvemos. Volver. Con la frente muy alta y el rosa en las mejillas.

Y si no vuelvo es que me estoy muriendo.

Fangoria iluminando el camino - Madrid