Cuando no se elige, cuando se elige no elegir. Lo que no
tiene explicación, lo que nadie entendería y sin embargo lo ves muy claro.
Entender que hay cosas que es mejor no darles vueltas, que la vida ya dará las
suyas.
De repente estás a gusto así, de repente decides dejar de pensar y
ceñirte al momento que tienes delante. A todo lo maravilloso que es. A lo que
es. La tranquilidad del sin más, de las no consecuencias o del sol en
primavera. La soledad viene a veces y no importa. Por qué iba a hacerlo. Por qué ha de hacerlo.
El ruido de las obras de la calle no molesta, la lluvia no
molesta, el frío no se siente. Se siente no habernos dado cuenta que las cosas
son fáciles que a veces simplemente no tienen axioma ni teorema ni un algoritmo
que las defina, que solo hay que creer. Encargarnos de hacer que lo que
tenemos, que lo que sentimos, nos haga más libres.
El alivio de lo liviano que
es no darle importancia a las cosas que no tienen por qué tenerla. Y es que la
libertad no está en elegir, si no en no tener que elegir.