Lo peor de haberte ido es la sombra que dejaste, me acompaña a todas partes,
tu fantasma, mi enemigo invisible. Recorro las historias de las líneas de las
palmas de mis manos. Pianistas, componiendo casitas en el aire. Descomponiéndose
con el paso del tiempo. Pequeñas como yo. Amantes como el sexo y el corazón,
como Marguerite Duras. Voy causando el destrozo de lo que toco, lo transformo. Atraigo
la podredumbre del realismo que existe del otro lado. La realidad que se
estampa contra mis corneas. Mis ojos grises como este cielo que inunda las calles
en las que salir nadando. El lago de los pensamientos, de los monstruos que
tengo aquí guardados. Toda la Ginebra que me queda por beber, la que se me está
cayendo por las comisuras de los labios,
empapándome el pecho y los huesos. Dejándome indefensa, quieta, febril. Emborrachándome del tiempo pasado de nuestro no tiempo y del no amor. Hundiendome en el charco que me rodea. Estoy desnuda e inquieta. Temiendo que vuelvas como septiembre. Sentada en el rincón del vagón, próxima estación Esperanza. Verde que te quiero verde. A repartir más síes que noes. A lanzarlos al viento que marca la dirección del próximo destino. Y llegar por fin a la avenida de la paz interior.
| Desde el avión llegando a Ginebra, arriba, el Mont Blanc sobresaliendo por entre las nubes, abajo, el lago Léman |

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