Llegaba siempre tarde a la reunión de los jueves. Y cuando llegaba, se agarraba ansiosa al pedazo de músculo que la mantenia con vida. Sin querer desvelar sus secretos, que eran suyos. Queriendo. Hasta el final. Y cuando tenía que decir adiós, sentía el despiece, parte por parte. Porque lo había contenido tanto, que casi le estallaba entre los brazos. Esos minúsculos brazos de niña. Ese cuerpo de niña. Ese latir de gigante. De animal mitológico.
Cuando por fin lograba despedirse, se le posaba una nube en los hombros, le daba sombra. Casi involuntariamente, ella se volvía gris y apretaba más fuerte. Contenía la respiración como si se estuviese tirando por el acantilado más alto de la cala más bonita de una isla griega. También contenía las lágrimas para poder abrazar el adiós sin ensuciar, y hacer del recuerdo triste, un recuerdo bonito. Una razón para sonreír, para recordar el dolor desde el otro lado. Desde lo salvaje que habitaba en su instinto más primario, hasta la delicadeza de la madre que cuida de los lobos a pesar de no ser suyos.
Se mostraba fuerte al mundo, pero estaba hecha de cristal. Agradecia todos los días su miseria y su suerte. Le enloquecía la adrenalina y el riesgo. Corría a todas partes. Se partía el alma por conseguir llegar más lejos, más tiempo y más arriba. Nunca antes. Siempre tarde.
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